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Siempre ha estado presente en las mentes de los máximos dirigentes de la minería de las Américas, la necesidad de encontrarse con sus pares para discutir el estado de la actividad y de procurar la adopción de medidas y mecanismos que fortalezcan tanto a las comunidades que dependen de la actividad extractiva, como a la industria como tal. El Taller caraqueño demostró que el segmento de la producción denominado pequeña minería y todo su cortejo de formas asociadas, paralelas o dependientes, es una realidad viviente y que corresponde a los gobiernos latinoamericanos adoptar frente a esta temática, posturas, acciones y mecanismos, que faciliten el transito a formas más rentables, más técnicas y por supuesto más sanas en términos ambientales y sociales.